Hace poco escuché a alguien que una persona no puede sobrevivir en este mundo diciendo siempre la verdad. Explicaba que, en algunas ocasiones, el decir lo que se piensa puede parecer descortés o insultante y que, en otras, el revelar las intenciones reales de una acción es un signo de inhabilidad en cualquier negociación y puede constituir la ruina laboral de un sujeto. Con estos argumentos identificaba el uso de la mentira como cualidad necesaria para la adaptación.
Estos comentarios no tienen en cuenta que socialmente ser un mentiroso no está bien visto y que incluso, en la niñez, los padres nos esforzamos en que nuestros hijos aprendan a ser sinceros y nunca mientan. Tampoco distinguen entre lo que significa el uso de la mentira -conducta inadaptada que denota inseguridad y miedo en el individuo- y la habilidad social de saber cuándo hay que utilizar la verdad y cuándo no sin tener que mentir. Y que, por supuesto, lejos de ser la mentira una necesidad adaptativa, puede contribuir a crear situaciones patológicas en la que los individuos llegan a creerse sus propias mentiras, situando a estas personas cerca de los comportamientos psicóticos, es decir, alejados de la realidad y de la sociedad.
Contribuir a que nuestros hijos no sean mentirosos es actuar desde la prevención. Esto significa, por una parte, que los padres y educadores debemos aprender a distinguir lo que es una mentira de lo que simplemente es una conducta evolutiva normal del niño. Por otra, se debe propiciar una educación que tenga como objetivo: el desarrollo de la autorregulación (aprender a afrontar problemas generando mecanismos emocionales resistentes a la frustración) y el desarrollo del auto concepto (tener confianza en las propias cualidades para resolver conflictos).
La mentira en los más pequeños debe entenderse como algo normal porque forma parte de su desarrollo. Un niño de entre tres a seis años no distingue la realidad de la fantasía. Todavía no sabe lo que es y lo significa la mentira y actúa sólo para complacer a sus padres. Por eso, si rompe o hace algo que pueda incomodar a sus progenitores, no dudará en negar la responsabilidad de esa acción negativa. A partir de los siete años ya es consciente de que miente y se siente mal cuando lo hace, incluso si no es descubierto. Utiliza la mentira para escapar de situaciones en las que preve el castigo, por eso, es más frecuente en los niños cuyos padres son más intransigentes o excesivamente severos. Los niños de 10 u 11 años tienen una idea clara de lo que significa la verdad. Si en estas edades se mantiene la mentira, será señal de falta de madurez e inseguridad. Si la mentira es muy frecuente, es muy posible que tenga algún problema emocional que requiera un especialista.
Los padres y los educadores somos modelos para nuestros hijos, por lo tanto, debemos evitar conductas que legalizan la mentira: no hay que mentir y menos delante de ellos. Tenemos que enseñarles la diferencia entre fantasía y realidad y entre mentira y verdad. Y, por supuesto, no hay que incitarles a que mientan preguntándoles continuamente por la causa de su mal comportamiento cuando sabemos que no nos lo van a decir.
En todo caso, siempre que transmitamos a nuestros hijos que la equivocación y el error no es catastrófico y que no conlleva castigo ni pérdida de afecto tendremos muchas posibilidades de que la mentira no sea utilizada por nuestros pequeños como mecanismo de defensa.
lunes, 26 de noviembre de 2007
sábado, 13 de octubre de 2007
LA RELACIÓN CON EL ADOLESCENTE
Como padre de hijos adolescentes, para no perder la paciencia, tengo que plantearme continuamente que la adolescencia es un periodo marcado por una serie de cambios en los sujetos que ocasionan de una forma natural el enfrentamiento con las figuras de autoridad. Los cambios físicos y el desarrollo psicológico motivan que el adolescente se perciba con fuerzas para afrontar situaciones sin la mediación del adulto y que no acepte fácilmente que se le impida acometerlas. Y, aquí surge el conflicto. Problemas menores como: qué ropa se tienen que poner, la apariencia física, el orden de su cuarto, la limpieza corporal, el uso del teléfono, la hora de levantarse... y, mayores como: rendimiento escolar, hora de vuelta a casa, uso del dinero, la relación con sus hermanos, amigos con los que se relacionan, disciplina... son los temas de discusión de todas las familias con hijos en estas edades.
Buscamos una receta magistral que solucione de raíz el problema y, si es posible, consiga que la solución sea del agrado de todos. No nos damos cuenta de que en cada problema se plantea un conflicto de intereses y que, para poder resolverse, es necesaria una negociación sustentada en una buena comunicación y en la autoridad, que no autoritarismo del adulto. Comunicarse bien, desde luego, requiere un buen entrenamiento. Lo curioso es que muchas veces los adultos somos capaces de escuchar, de recibir críticas, de hacerlas, de defender derechos e incluso de controlar nuestras emociones cuando los demás no opinan lo que nosotros. Somos hábiles en la comunicación con los otros, pero no la aplicamos con nuestros hijos adolescentes.
Cometemos el error de pensar que los muchachos ya son hábiles en la relación social y que son ellos los que <> y acceder, sin crítica alguna, a nuestros requerimientos. Estas situaciones hacen que en muchas ocasiones el adolescente, si no se comporta como quiere el adulto, sea percibido de una forma negativa, lo que provoca un continuo rechazo a cualquier planteamiento que hace. Lo mejor es no decirle inmediatamente SÍ o NO. Hay que darse un tiempo para pensar cuál es la respuesta apropiada, sin olvidar que el mal comportamiento no tiene nada que ver con la aceptación de la persona y con las decisiones que debamos adoptar. Los adolescentes se tienen que sentir queridos y apreciados. Los adultos que sólo ven conductas negativas, primero tienden a crear sentimientos de incomprensión y falta de afecto en los muchachos y, segundo, llegan a no aceptarles, invalidando cualquier relación. Hay que aprender a observar y a premiar los buenos comportamientos. Cuando hacen algo bien también hay que decírselo.
Aunque los adolescentes están necesitados de independencia, les da miedo afrontarla. Los padres y educadores tienden a tomar decisiones por ellos sin saber que esto les hace dependientes y que tal actitud genera hostilidad. Hay que posibilitar que los jóvenes se vean obligados a decidir en temas que les conciernen y, por lo tanto, que asuman las consecuencias para así favorecer un buen autoconcepto. De esta manera, también se contribuirá a la adquisición del respeto a la autoridad. Su confianza la podremos conseguir si a todo esto añadimos una actitud coherente y segura por nuestra parte, cumpliendo lo que prometemos y no prometiendo lo que no podemos cumplir, controlando nuestro estado de ánimo y siendo rigurosos pero justos.
Pedro Martínez
Buscamos una receta magistral que solucione de raíz el problema y, si es posible, consiga que la solución sea del agrado de todos. No nos damos cuenta de que en cada problema se plantea un conflicto de intereses y que, para poder resolverse, es necesaria una negociación sustentada en una buena comunicación y en la autoridad, que no autoritarismo del adulto. Comunicarse bien, desde luego, requiere un buen entrenamiento. Lo curioso es que muchas veces los adultos somos capaces de escuchar, de recibir críticas, de hacerlas, de defender derechos e incluso de controlar nuestras emociones cuando los demás no opinan lo que nosotros. Somos hábiles en la comunicación con los otros, pero no la aplicamos con nuestros hijos adolescentes.
Cometemos el error de pensar que los muchachos ya son hábiles en la relación social y que son ellos los que <
Aunque los adolescentes están necesitados de independencia, les da miedo afrontarla. Los padres y educadores tienden a tomar decisiones por ellos sin saber que esto les hace dependientes y que tal actitud genera hostilidad. Hay que posibilitar que los jóvenes se vean obligados a decidir en temas que les conciernen y, por lo tanto, que asuman las consecuencias para así favorecer un buen autoconcepto. De esta manera, también se contribuirá a la adquisición del respeto a la autoridad. Su confianza la podremos conseguir si a todo esto añadimos una actitud coherente y segura por nuestra parte, cumpliendo lo que prometemos y no prometiendo lo que no podemos cumplir, controlando nuestro estado de ánimo y siendo rigurosos pero justos.
Pedro Martínez
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